6 de abril de 2009

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Treinta años
es la edad del nacimiento.

Abro los ojos sin alzar los párpados
y observo: veo un rastro
donde otros nada ven,
una senda sin final ni comienzo.

Mi lugar está sobre las rocas
cuya danza se entrelaza
con el viento y con el sol.

Cada rumor es huella única
hendida sobre el negro barro
del silencio.

El paisaje me envuelve
en verde incandescencia
y penetra en mi composición:
el amanecer nos lava
con un mismo rocío
de fulgor y de amnesia.
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