29 de diciembre de 2008

2 X Valente

He aquí un par de poemas de José Ángel Valente, mucho más interesantes que cualquier cosa que yo pudiera decir hoy (el mañana no está claro ni para los maestros...)
*
*
ANTECOMIENZO

No detenerse.
Y cuando ya parezca
que has naufragado para siempre en los ciegos meandros
de la luz, beber aún en la desposesión oscura,
en donde sólo nace el sol radiante de la noche.

Pues también está escrito que el que sube
hacia ese sol no puede detenerse
y va de comienzo en comienzo
por comienzos que no tienen fin.


SIN TÍTULO

Objetos de la noche.
Sombras.

Palabras
con el lomo animal mojado por la dura
transpiración del sueño
o de la muerte.

Dime
con qué rotas imágenes ahora
recomponer el día venidero,
trazar los signos,
tender la red al fondo,
vislumbrar en lo oscuro
el poema o la piedra,
el don de lo imposible.

28 de diciembre de 2008

la lentitud de las horas


Hoy es uno de esos días en los que se percibe la lentitud de las horas, en los que uno desearía ser de trapo para poder remendarse los rotos y ponerse un parche aquí y otro allá y quedarse como nuevo.

*

Hoy sólo quiero que se me olviden las cosas, llenarme de televisión y de nada, vaciarme de todo, naufragar en las horas hasta sumergirme en un sueño silencioso; sacudirme nombres, noches, palabras de más y besos de menos, hacerme de aire y huir en todas direcciones y en ninguna.

*

Hoy siento que retrocedo dos pasos por cada uno que avanzo. Hoy quisiera tener todas las respuestas escritas entre los dedos. Hoy quisiera no querer, pero quiero.

pensando en alto

Hundo mis manos
en la entraña
como en una tierra labrada

remuevo la sangre
que ha cuajado en tubérculos
y voces

pienso en ese esfuerzo minucioso
así arrancado
me cuestiono esa violencia

pienso
en el deber de profanar
la maduración
y el silencio

26 de diciembre de 2008

Sobre rituales navideños

Sobrevivo un año más sin graves perjuicios cerebrales (creo). Todo es ruido para nada, incomprensible tradición de vacío. Estoy solo como un dios en el destierro, pero poseo magia y calor para mí mismo y siento que cada minuto vibra diluyéndose en la sangre. Me reclaman los milagros cotidianos: la escarcha sobre el campo, el vuelo de las águilas, el aliento del amanecer sobre la piedra. Tengo cuanto ansío: un sol gélido que abrasa muy despacio mi piel y mis palabras.
*



Cada siete horas exactas se inicia
el atávico ritual de los estómagos.

Nadie cuestiona su lugar
ni su derecho, nadie
siente agujeros de vergüenza
ni se ofrece a desafiar el mecanismo
de los actos rutinarios
y de los hechos probados,

mientras una mujer sola
desgrana el alimento que cae
dolorosamente de sus manos
y las imágenes
roban la locura de los niños
y ejercen presión
sobre sus verdes cráneos.

Afuera el frío se ofrece invisible
en su penetración
y escarcha puños sobre la tierra
sin que nadie se suicide por ello,
ni recen, ni sonrían,
ni descorchen botellas.

Afuera
hay una luna obscena y hechizante
que llora hacia la muerte sola,
afuera, junto a coches que abrevan
el callado rocío, hemos dejado
palabras que debiéramos decir,
hemos pospuesto los quehaceres y la vida
para acudir a este lugar
donde copiosamente devoramos
sin hallar sentido en la claridad
o la quietud,
sin acomodo posible en el silencio,
este lugar inexistente al que migramos
cada invierno, año tras año,
como una estúpida manada:
sin nada que decir y ciegamente.

23 de diciembre de 2008

Debilidad por el abismo


"Si miras mucho tiempo el abismo,
el abismo también mira dentro de tí"

Friedrich Nietzsche



Anochezco
como el sol consumido
en las llamas de su rabia.

Subo a la azotea,
me asomo al pie del aire
y el abismo
abre su boca en mí,


me ofrece su negro regazo,
su acunación pausada,
su calor último y materno.

Restos de ti afloran en los pliegues
rugosos de mis manos,

memoria de tu viento
de tabaco y escamas,

de tu paso apresurado
y siempre, luego, esta sed
de recordarte
al filo de otra noche
de lluvia inacabada,
de correr nuevamente los senderos
y humedades
que conducen a tus nidos;

y luego, siempre, el tiempo
empeñado en muñecas rusas
ahí donde más duele,
hasta que el rastro se nos pierde
en meses y nuncas
y yo olvido que eras salada
debajo de los mordiscos, y otra vez
tu voz caliente se aleja
y se hace hueso,
cálculo de probabilidad.

Oscurece en todas partes.
Trazo líneas imprecisas
que se enroscan en tus vértices
y las imágenes resbalan
como gotas de sudor sobre la espalda
del silencio; a ciegas persigo
estelas de esa luz,
alimento de las yemas
que reclaman tu violencia.

Y estás ahí, a mi lado,
intacta tras los párpados,
candente aún en el molde
de mis brazos, fugaz
pero tangible. Nos miramos:
dos alientos que se rozan
agitados
en los márgenes del frío.

19 de diciembre de 2008

La noche y tú
tenéis la misma fuerza
y el mismo silencio,
puedo contemplaros
como a fauces abiertas:
sintiéndome a la vez
carroña y alimento.

13 de diciembre de 2008

Distancia es sólo la palabra
que te evoca; memoria sólo
el recipiente donde yaces.

Cada lengua de este fuego
abrasa un verso en tu nombre.

Y la extinción de tu nombre
embellece este crepúsculo

que observo, más difuso
a medida que me alejo.
Ruido.

Por todas partes ruido.

A mi alrededor
espirales de viscoso ruido.

Dibujar esas facciones
con los ojos cerrados
es fácil, natural ejercicio,
como abrir las compuertas
de la noche y de la ira.

El alejamiento
es la convención de ahora,
el papel que nos asignamos
y cumplimos al dictado
de expectativas ajenas.

Pero yo, contrario al no,
reacio al sí,
sufro este destierro
de tu cuero caliente,
y ardo y padezco la obsesión
de los débiles de espíritu,
tanto más cuanto en las noches
vuelves para sonreírme
sigilosa.

Vuelves entre el silencio.
Vuelven tus gestos.

Categórica y muda
como el saludo de la muerte,

como el amor oculto,

la cólera indemostrable.
Me recuesto a la orilla del mar
como al borde de un sueño sin memoria.

Dejo que el arrullo de las olas
me adormezca.

Que el tiempo me sepulte.

Que el sol incendie imágenes.

Que caigan sobre la arena
como escamas de ceniza.

Y acepto esto que soy:
tierra sobre la tierra,
aprendiz de sedimento.

Inmóvil permanezco
hasta que el viento finalice
su trabajo minucioso.

Hasta que desaparezcan
el ímpetu y el ansia,
hasta que los dedos se relajen
y las manos se replieguen.

Hasta que seque en mis pupilas
el salitre y se cierren,
para siempre, las heridas.
Quiero escribir sobre la tierra
y la amnésica rutina de los astros.

Sobre tus bragas colgadas en la tarde.

Sobre el azote de la brisa
en el acantilado y su invitación al salto.

Sobre el salto mismo.

Quiero escribir sobre mí,
sobre esta historia de batallas y derrotas
en la que no hay enemigos
ni armas, sólo cadáveres que crecen
en la blanda tierra del olvido.

Tu olor en la almohada.
Tu manera de decir mi nombre
y decir adiós, todo seguido,
como si mi destino estuviera
irremediablemente unido al viento.

La perspectiva de las horas sin ti.
Este instante. Esta búsqueda.
Esta implacable histeria.

Sobre lo que no entiendo
ni puedo explicar: el ardor
en las yemas y en los labios.

Sobre lo que implica mencionarte
en pasado, vaciar las estancias.

Sobre mi forma de acallar el cuerpo
adormeciéndolo.

Mi insatisfacción perpetua,
la torpeza en que me instalo y vivo
haciéndote memoria de las manos,
rebatiendo lo que es obvio.

Sobre mi forma de presentar batalla
ante mi mismo y perder siempre.

Sobre la pérdida.

A Belén Drake


Recorríamos las calles
agarrados a la voz
como las ramas al aire.

Sentíamos la fuerza
y más adentro una destreza,
y más allá, más al fondo,
un alimento.

Buscábamos frenéticos
sin hallar ese rincón donde no sentir
el puño de la vida,
donde amortiguar el golpe
y sacudirnos de la espalda
el vil dictado de las horas.

Y perdimos la batalla
íntimamente.

Confundimos el valor de las palabras
como si alguna maldita vez
hubieran bastado para algo.

Fuimos ciegos en la luz,
y bebimos de esa raíz
hasta saciarnos de nosotros mismos.

Nada creció después,
pues nunca fecundamos las semillas
en el vientre de los gritos.

Y la desesperación nos devoró,
y selló nuestras bocas
incapaces ya de tolerar el hambre.

A un tiempo fuimos
sin saberlo
la siembra y la cosecha.
No cambia el exterior,
son las pupilas: ofrecen
su vocación de cólera.
Desvisten imágenes
como mujeres ajenas
en el vacío lunar
de las habitaciones.

No crece en los demás,
es una endemia: emana
de eclosiones íntimas.
Penetra hacia el vacío
como el gusano
de un miembro amputado:
voraz en esa sed
y dolorosamente falso.
¿Dónde nacen mis palabras,
de qué recóndita urgencia?
¿Por qué mi voz es trémula
y anciana; quién maneja a mi pesar
las cuerdas de mis labios?

Quisiera una sonrisa, quisiera
un viento gélido en la cara
y en las manos,
una distancia posible.

¿En qué rincón se amasa
el miedo; quién es ese artesano
y cuál la raíz de su alimento?

¿En qué pesebre me arrastro
por migajas, qué futuros destruyo
y a qué precio? ¿Qué valor
se presupone a quien se arroja
a los caminos; qué destreza o locura
me incita hacia este abismo?
A Sira.


Cuando te marchas
las habitaciones enferman de ti,
te ansían hasta los escarabajos
del polvo y las arañas.

Persistes como un atardecer
de junio: más allá
de lo estrictamente necesario.

La palabra tiene un reposo similar
al vino y a tu nombre,
un regusto impreciso de amargor
y a veces también
ese mal paso en la garganta.

Escribo aunque no lo necesites
y las palabras se comportan
como el aire
que ventila las habitaciones:

desplazan tu aroma a otro rincón
sin llevárselo del todo.
Debiera poder decir que en la poesía
he hallado una raigambre,
esa seguridad que envidio
en las personas. Pero no puedo.

Y no quiero refugiarme
en el engaño:
mi voz sabe de espinas
y eso encuentran mis palabras
cuando emergen, dificultosas,
de ese pozo en la memoria,
abriéndose camino por la fuerza
entre una maraña
de lugares y nombres
a veces tan incómodos.

El pasado es un zapato estrecho,
esta es mi verdad,
una verdad estéril
pero tan definitivamente real
como la soga que une el árbol
al cuello del ahorcado.